Yo quiero siempre más

Ella siempre duerme en el lado izquierdo de la cama. Acompañada o sola, ese siempre es su lugar. Especialmente cuando comparte cama con él, ya que el lado de él es a la derecha. Ellos se complementan, así que tiene sentido.

Una vez preguntó por qué a la derecha “porque de ese lado estaba la pared en mi cuarto infantil”. Curioso, coincidencia, que la respuesta que ella daría si alguien le preguntase -Por qué duermes a la izquierda-, sería la misma.

Ella sabe que eso de que son mitad de la misma cosa no es cierto. A veces lo cree de verdad, cuando no encuentra otra explicación a por qué siguen juntos.

Tan son el uno para el otro que ni la distancia los ha podido separar. Viven en diferentes ciudades y se ven una vez cada dos o tres meses. Así funcionan bien, es el tiempo exacto que pueden pretender quererse y ¡hasta se ahorran la parte de los pleitos! No es raro, hay muchas parejas que medio funcionan así, nada más que esas personas lo tienen que hacer a diario y ellos sólo unos cuantos días al año.

No viven tan lejos, son 4 horas en autobús, nada más. Podrían verse cada fin de semana. No quieren.

No ha pasado ni el mes desde la última vez que se vieron, y ya están de nuevo compartiendo cama. Todo por impulso de él, de sus ganas de verla y pasar el día haciendo nada. Eso dijo por telefóno el día anterior que llamó para preguntar si podía ir.

También dijo no tener dinero más que para el pasaje y muy poco más “pero si comemos ahí en tu casa pues no hay problema, ¿no?”. Quizás los enamorados dirían que así es el amor. Lo que ninguno de ellos dos dirían, aunque ambos lo piensen, es que no se necesita mucho dinero cuando lo que se quiere es pasar el fin de semana cogiendo.

Llegó cansado, directo a domir. Ella quería salir, hubiese salido de haber estado sola. No sabe a dónde realmente. Al centro, nomás a caminar. Al centro comercial, a ver tiendas y probarse ropa que no comprará. Cualquier cosa menos estar encerrada en las cuatro paredes pintadas de lila que forman su habitación.

A pesar de no estar cansada, se acostó a su lado y se dedicó a contemplar el techo como si cada una de las estrellas azules fosforecentes encerraran la respuesta a alguno de los muchos misterios de la vida. En algún punto decidió prender su computadora y poner música; quizá con la secreta intención de despertar a su compañero. O tal vez nada más para tener música de fondo en la película imaginaria de lo que nunca vivirá.

Eu quero sempre mais dice de pronto la voz saliendo de las bocinas. No quiere recordar la razón por la cual esa canción le recuerda todos sus besos, reales y ficticios. Cierra los ojos evocando la última vez que se besaron. Ha pasado tiempo y ojala fuese por que viven lejos. Tienen menos tiempo sin coger que sin besarse.

A veces ella siente que a él no le gusta besarla. Como si el hecho de juntar los labios e intercambiar un poco de sáliva tuviera más repercusiones y consecuencias que el hecho de tener, en ocasiones, sexo sin protección. No siempre puede controlar las ganas de un beso y él responde, nimodo que besasé tan feo como para ignorarla. Le gusta así. Se acostumbró a que le guste asi.

Sigue pensando todo eso cuando una mano le levanta la blusa, pelea un poquito con el brassier para, luego, comenzar a acariciarle la teta derecha.

-Mmmmmm.

Recuerda perfectamente dos ocasiones en las que él empezó así de inocentemente el juego, dando besos y apenas tocándola. Lo bueno de ambas ocasiones fueron orgasmos que poca gente puede imaginar siquiera. Lo malo, que luego se quedó dormida y despertó a tiempo para escuchar algo como “pues es que la distancia y esas cosas y como que ya no está chilo”. Él manda, ella obedece. ¿Por qué? Un poco porque sabe que siempre regresa, otro tanto por las veces que han intercambiado papeles.

-¿Te gusta? Está acostado sobre su costado, viéndola. Su mirada… esos ojos de “tengo ganas de que no me puedas olvidar”.

-Mmmmm.

Es respuesta, para él. Todavía se acuerda cuando platicaron sobre su primera vez. ¿Los que mueren de y por amor, dirían algo así como que “Msn es tan rómantico para esas cosas”? Él preguntó qué había sentido, ella contestó que no podía contestar, que le había dolido al principio pero que después se había sentido tan mmmmm, tan… mmmmmmmmmm.

Cambia la mano por su boca. Parece bebé con hambre. Hambre tiene. Lame, chupa, hala, muerde. Acaricia con la mano, podría decir que maltrata, pero ella gime. No dice nada, sólo “aaah” y “mmmmmm” y “riiiiiico, riiiiico”. Luego la otra teta y sabe que la tiene al punto.

-Bonita falda traes puesta. -No le da ni tiempo de sonreír.- Quítatela. También la blusa.

Ella se queda sobre la cama. Él se levanta. Termina arrodillada sobre el colchón mientras le hace una mamada. Nunca se le quitó el hábito de llevarse todo a la boca, luego se supo anfibia y por fin lo comprendió.

Se la va comiendo de poquito, disfrutando de sus gemidos. La tiene dentro y la acaricia con la lengua. La saca, la mete de nuevo. La saborea como paleta y es tan buena persona que no se olvida de bajar a chuparle los huevos, aunque todavía no comprende qué de bueno tiene eso. Cumplido el requisito, ya se la puede meter a la boca, hasta la garganta. Él repite y repite “Qué rico la mamas”. Nunca le volvió a decir lo que aquella primera vez, que había sido la mejor mamada que le habían hecho en años. No importa, es feliz con la creencia de que si fue tan buena en su primer intento, ahora tenía que ser una puta maestra.

Le gusta, vaya que le gusta. Pero no todo es boca. La saca una vez más y la vuelve a lamer entera. Luego se separá de él y se queda acostada a mitad de la cama.

-¿Cansada? No importa hay mejores cosas que hacer hoy.

Se acuesta en la cama, boca arriba y con la piernas cerradas. Le gusta cuando el las separa usando la suyas, viéndola a los ojos antes de volver a chuparle las tetas, al mismo tiempo que le va metiendo su verga. No le duele, pero siente raro. Siempre. Por lo menos no se ha acostumbrado, ha de ser feo acostumbrarse a acostarse con alguien. Rutina.

Ellos aún no llegan a eso. Un día cogen viéndose a los ojos, diciendo que se quieren mucho. Otro día no se quieren nada, pero se desean mucho. Luego hay días que ni se quieren, ni se desean, nada más tienen ganas. Y si tienen ganas y pueden ¿por qué chingados no?

No tarda en sentirse a gusto. Levanta un poco las caderas y el trasero, señal para que empiece la verdadera acción. La toma de las manos, y lentamente va sacando su verga; le da besitos en el cuello, y ya la está metiendo de nuevo. Todo es lento, despacio. Dando a entender que no hay más prisa que otras veces.

Así continúa, con besitos, lamidas y mordidas, entrando y saliendo cada vez más rápido hasta que ella exige velocidad, profundidad; “más mmmmmm, más rico”. Y él así lo hace. Todo lo rápido que puede, y un poco de lo que no puede también. Con más ganas, con más violencia.

Lo conoce lo suficiente como para saber cuando le falta poco. Se separá de él. Lo mira a los ojos. Le da un beso que pretende ser tierno pero en realidad es solamente la fachada para una mórdida más. Se da la vuelta. No se pone en cuatro, no le gusta. Se acuesta levantando las nalgas, así le gusta a ambos.

Aquí es cuando se acoplan, cuado podemos hablar de medias naranjas y el ying y el yang. Se entrelazan fluídos, se mezclan voces. Gritan los dos, alguno ha de gritar más. Alguno ha de disfutarlo más. Se dicen cosas en los decibeles de su lujuria, la del uno para el otro y hasta ahí.

Le gusta cuando saca su verga totalmente y se queda quieto un ratito, antes de volver a metersela pero muy lentamente. Siente como ésta vez entra sin problemas, y se desespera de que sea tan lento mas sabe que valdrá la pena una vez que vuelva a tomar ritmo. Movimientos rápidos, con más fueza, con menos amor, con más ganas; más profundo, hasta el fondo, hasta sentir que los huevos chocan cada vez más seguido con su trasero. Han llegado al punto de menos control y más orgasmos.

¿Y luego? Luego nada. Separar los cuerpos. Respirar cada quien por su cuenta. Ese no pensar y sentir que nada se compara. La calma. El recuerdo verdadero de por qué siguen juntos.

-Mmmmm. Mía.

-Tanto como tú eres mío.

-Jaja. Por cosas así es que habríamos de vernos más seguido ¿no crees?

-No podría soportarte tanto tiempo, amor….-tormentosa calma antes de decir- también cuando tenemos meses sin vernos está rico.

-Pues habríamos de pasar más tiempo separados.

-Tampoco eso podría soportarlo.


Originalmente publicado en Muebles e Interiores

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Minificciones que podrían formar un solo cuento.

Inspirados en canciones de Fake Designers

 

De amor no se muere nadie, pero con cariño también se lástima. Querer mucho hace daño cuando no es correspondido, cuando eres tú solo como si estuvieras varado en el mar, esperando; esperando a pesar de saber que nadie vendrá. Estás ahí observando al mundo hacer su vida, sin ti. No te necesita. Y si alguna vez por debilidad o aburrimiento te busca: servirá sólo para hacer más daño. Mejor vivir a oscuras que siguiendo luces falsas, que aparte de todo se dan el lujo de no ser fijas.

Si estoy contigo, está bien. Mi salvavidas, ya sea para nadar, darme de beber o hacerme volar. Tú, conmigo. Yo, atrapándote a mi lado. Nunca te diré que me haces falta cuando no estás; no tengo que hacerlo, nunca te vas.

Excepto ésta vez.

`*

Apenas me voy acostumbrando a la falta de luz cuando alguien avienta un flashazo. Me encuentro atrapado en un laberinto hecho de paja con flores adornando ¿Tranquilidad a media tormenta? Algo está mal. No veo nada, y más importante es que no te veo, no te encuentro. ¿Dónde estás?

Camino con cuidado de no caerme pero fallo. He tropezado con algo que, al siguiente momento de iluminación, ya no está y tú sigues sin aparecer. Sé andar sin ti, eso no quiere decir que me guste hacerlo.

Alzó la mirada, buscando a ciegas una salida. Un camino, una guía. Siento el peligro pisándome los talones. A ti ni te siento ni nada.

Corro porque creo ver la prometida luz al final del túnel. Si resulta ser mentira, ¿qué más da? Resulta… resulta que he acabado frente a una casa que me parece familiar, mas no la ubico.

*

Hay personas dirigiéndose a la casa, algunos me saludan y otro hasta me abrazan ¿los conozco? No lo sé, no lo creo. Curiosidad, como un niño que acerca la mano al fuego para ver cuánto resiste antes de quemarse; así voy en cada paso hasta cruzar el portal.

La escena… el féretro… ¿Funeral? ¿Qué hago yo en un funeral? y ¿Por qué continúas ausente? Perteneces a mi lado, lejos de mí no existes, ¿Dónde estás? ¿Quién murió y por qué nadie llora? Silencio, vestimentas negras, pocas lágrimas y un montón de velas. Alguien murió ¿quién?

Camino por la casa y no apareces. No te busco, nunca he necesitado hacerlo; te estoy pensando, como siempre lo hago, pero ésta vez no soy el único. Piensan en ti… te recuerdan. Todos te recuerdan.

Te veo por fin. Veo tu rostro sobre el ataúd. Sonrío, tienes que estar del otro lado. Me acerco, me doy cuenta que te extraño, que me equivoqué y tú existías sin mí. Pero que éste sea tu funeral, a mí me convierte en cadáver.

Originalmente publicado en Muebles e Interiores