Cerquita de Dios

Su casa que no es suya, pero en la que lleva viviendo tres meses. Una casa llena de pequeñeces que intentan crear la atmosfera de hogar. Esa casa que seguirá siendo “suya” por tres meses, que sus nuevos amigos conocen y dicen que refleja muy bien su personalidad. No es su casa, así como tampoco él es suyo pero…

-¿Puedes quedarte?

Clichés. Mano en la perilla. Abrigo sin cerrar, ropa del día anterior. Pausa dramática. Se voltea, la mira de arriba abajo sin decir nada. Barba de 2 días que a otros les cuesta una semana, el cabello sin peinar. Tan guapo como siempre, tan intoxicante como toda la vida. Más prudente que nunca, ya que tampoco pronuncia palabra cuando extiende los brazos y simplemente la deja llorar mientras la abraza.

15 minutos antes

-¿Segura?

No responde. Escucha y tiene la impresión de que su boca se abrirá en cualquier segundo y le dirá… no sabe que le dirá pero algo. No. No dice nada está vez. Eso es nuevo.

-Me voy y no vuelvo otra vez de nuevo. En el revoltijo de telas y objetos que terminaron en el suelo, busca sus ropas mientras piensa cómo hacer para no irse. Luego deja de pensar porque recuerda que no importa cuántas veces le diga que se vaya, igual de veces le pide el regreso.

-Como quieras.

-Pues muy bien, adiós.

Ella no notó cuándo se vistió, apenas y es consciente de que deja la habitación. Ella no se ha vestido, pero es su casa ¿importa acaso? Esta mañana no sabe nada, ni sus nombres, ni por qué ha dejado de quererlo, ni por qué sale del cuarto casi junto a él. Diferencia: él va a la puerta, ella sólo repasa su casa.

20 minutos antes.

-Ya no te quiero.

-¿Otra vez?

-Ajá.

Se acerca a ella con la intención de darle un beso, ella se hace para atrás. –Ya, es como aquella vez que me dabas todo, menos besos.

-Es que ya no te quiero.

-¿Sabes cuántas veces lo hemos dicho?

No lo sabe. Está consciente de que no ha sido una, ni dos, y ojala está fuera la tercera o la tercera hubiese sido la vencida.

-¿Segura? Sabe que nunca está segura, que siempre flaquea.

-Yo nunca estoy segura de nada, y lo sabes.

LA NOCHE ANTERIOR

-Yo tenía otros planes… Londres, aunque es bonito, no estaba en los planes. No dice nada, pero están de frente y su gesto lo dice todo. Esa mueca de “no te creo. -Sí tenía otros planes.

-Raquel, preciosa, es que enserio no logró recordarte queriendo ser otra cosa que diseñadora gráfica.

-Alex… no… Tú… ¿enserio?

-Enserio. Te recuerdo feliz, más feliz desde que entraste a la universidad. Recuerdan lo mismo y lo recuerdan tan distinto, podría pensarse que no compartieron la misma vida -¿Sabes cómo lo recuerdo? Fue la primera vez que me dijiste adiós.

Cómplices. Culpables. Juntos. Separados. Recuerdos. Memorias olvidadas.

-Qué sorpresa encontrarnos entre tanta gente, ¿no preciosa?

-Quizás… quizás fuese totalmente sorpresa si no viviera buscándote. O si no te pasaras la vida encontrándome. Ya no son dos en la ciudad que tan bien conocen, que uno ama y la otra no. Pero dos como ellos, con toda la historia que vienen cargando, siempre se van a encontrar.

-Qué risa, contigo. Anda bésame y acabamos con la fachada de que aquí no pasará nada.

-Ya no te quiero. Lo besa porque no sabe hacer otra cosa. No sabe dejar de desear sus besos.

-Y yo en cambio, a nadie quiero tanto como a ti.

MEDIA HORA ANTES

-Esta casa es muy tú, preciosa.

Aunque no sea de ella y sólo la esté rentando, pero es su casa. Lo más importante, es que una vez dentro puede hablar libremente, con la verdad. -La verdad, Alex, es que ya no me gusta Londres. Comodidad de hogar a veces quiere decir por fin tener ese cigarrillo que tanta falta hacia una hora atrás.

-No se te nota.

-Es que me sabes leer. –Es cierto, le puede vender cualquier idea a cualquier persona, menos a él. Se conocen tanto que sabe las veces que miente, aunque no lo sepa ni ella. Encontrarse, saludarse, dejar las formalidades, no poder mentir pero intentarlo de todas maneras. Eso es su relación. Así ha sido siempre. O lo que ambos han decidido recordar como “siempre”.

-Pero… me alegra haberte encontrado. Ella fuma desde la universidad. Él nunca le ha encontrado el sentido. Alarga el brazo y le quita el cigarrillo, lo apaga en el cenicero más cercano.

-A pesar de eso, también me alegra que me hayas encontrado. Otra vez. Un beso, sólo uno. No hace mal, nunca le ha hecho mal. Sobre todo si no toma en cuenta las veces que sí. No es que él la lastime, en todo caso, en ese campo, están a mano. Es que… es que a veces lo quiere más de lo que él la quiere. Es entonces cuando duele, y lo hace porque sabe que no van a durar. No más que otras veces.

-Siempre un placer. El beso se complementa con manos que juegan, que no se están quietas, que se creen dueñas. Besos largos, apasionados. Cortos, mordelones. Besos y caricias y manos bajo la ropa y…

-¿Quieres más té? Separarse antes de cometer una locura.

1 HORA ANTES

Sola. En Londres con lluvia. Sola aunque un momento antes no lo estaba, y un momento después tendrá compañía de nuevo. Con los pies fríos a pesar de las botas impermeables. Harta del mundo. En un café de los que nunca saldrían en las guías turísticas por no ser lo suficientemente caro. Pensando que ya no quiere estar en ese país. Con música clásica sonando en el fondo. Recordando cuando le dieron la beca. Un sorbo de café. Sin un cigarro de nada disponible. Otro sorbo, -y comienzo a alucinar.

Porque a quien acaba de ver en el umbral no puede ser más que un fantasma. Una visión. El resultado de que está harta y quiere irse –ojala tuviera un cigarrillo.

Entonces él la ve. Piensa que alucina, que no puede ser. Aunque él ya sabía que estaban los dos en el mismo país. No deja de ser todo un país, una ciudad llena de cafés de mala muerte a donde ir. Camina hacia ella, más determinación con cada paso.

-Esto no es posible. Dice mientras deja la taza en la mesa y juega con un mechón de cabello, ese que siempre busca revelarse.

-Y sin embargo, nada y todo es posible con nosotros, Raquel. Su sonrisa. La misma sonrisa. No puede ser, aunque lo sea. No puede ser.

-Vienes…

-Solo. Es de adolescentes enamorados viajar acompañado.

-O de luna mieleros.  Otro trago, para tomar valor o porque se le antojo, quién sabe. –Tal vez por eso siempre viaje sola.

-Puede ser… ¿Me puedes sentar?

-¿Alguna vez he dicho no?

Lo ha dicho. No dura nunca, pero lo dice. Es como un hábito tan antiguo que uno ya no sabe cómo inició ni cuál era su utilidad. Pero lo sigue haciendo. -De hecho, muchas veces.

-¿No vas a ordenar antes? No es que te corra pero…

-Sabes, me pase toda la tarde vagando sin rumbo. Calle arriba, avenida abajo, parada obligatoria en los parques que el mapa manda. No es que me cansara, pero…

-Pero a veces simplemente necesitas la cafeína para poder disfrutar.

-Mira lo bien que me recuerdas. Sonrisa, esa sonrisa. Cara de Sé más que tú. De Puedo más que tú. -Pero viéndote aquí… Sólo  quiero… que me cuentes todo, pequeña. Especial atención en lo incontable por favor.

Ríe. No de él, ni de sus palabras. Se ríe de las mariposas que comienzan a lastimar  su estómago. -Bueno. ¿Por qué no te sé decir que no? Pero… déjame pagar y mejor vamos a mi casa ¿no?

-Querida, sólo un loco dejaría pasar la oferta.

—-

Nota: esta historia, modificada por última vez el 23 de febrero de 2011, no esta terminada… aunque sí está.

Originalmente se llamaba Told Backwards, im so original.

Originalmente publicada en Muebles e Interiores