Un día cualquiera, despertó estornudando y con la nariz escurriendo. Logró convencer a su mamá de que no era nada, pero a veces el universo conspira mandándote una lluvia, primero calmada y casi torrencial al final, cuando te falta caminar solamente cinco cuadras para llegar a casa. Lógico que terminase acostada debajo de varias cobijas, abrazando un animal de peluche que por alguna razón se negaba a tirar, aunque todos los demás ya los había regalado. Lo que le molestó es que su mamá cerró todas las ventanas del cuarto, pues si nunca es buena idea hacer eso en invierno, le dijo, menos lo es cuando ya estás enferma.

Al día siguiente batalló para despertarse, y al verse el espejo se asombró de verse tan mal. No solamente enferma, sino mal, como dañada. Su mamá la interceptó cuando iba meterse a bañar, le tomó la temperatura y declaró que así no podía ir ni a la escuela. A regañadientes volvió a la cama, en donde no tardó en quedarse dormida hasta medio día, cuando una de sus hermanas llegó a darle de comer. El caldo de pollo no la hizo sentirse mejor.

Tercer día, el espejo devolvió una imagen aún peor. No entendía cómo un resfriado podía hacer tanto, pero la verdad es que le dolía incluso estar de pie. Casi se desmalla, mas su mamá llegó a tiempo para sostenerla. Ese día fue a verla un doctor que le recetó bastantes pastillas, e incluso inyecciones. No le gustaban pero estaba harta de tener que dormir con la ventana cerrada. Sí, no podía caminar ni a la sala, menos salir ni para estudiar, y lo que le molestaba era una tontería como esa.

En una semana, lo único que cambió es que nada mejoró. Cada día más débil, menos ánimos. Parecía solo tener fuerzas para pedir abrieran las ventanas. Su madre gritaba, la hermana menor, de apenas seis años, quería abrir la ventana y la mayor sólo ayudaba con las comidas y las inyecciones.

Un par de días después, dejaría de pedirlo, aunque nunca de pensarlo. Uno de esos días, la hermanita entró al cuarto para saludarla y abrazarla, aunque todos decían no debía hacerlo. Los ojos de ambas estaban tristes, la hermanita porque extrañaba tener una hermana que jurase con ella, o que la regañara, o que hiciera cualquier cosa lejos de una cama. Ella intentó consolarla, darle un abrazo breve, pero significativo, y un beso al aire, que de haber estado sana le hubiese dado en la frente. Le dijo que la quería mucho, a ella, a su mamá y a su otro hermana; que estaba muy cansada y muy triste por no mejorar, todavía más porque ni el doctor sabía cómo ayudarla.

Ninguna lloró. Ella pronto se quedó dormida y la hermanita, en su mayor entendimiento del mundo, abrió la ventana que ya llevaba casi un mes cerrada. Le dio un beso la frente, apagó la luz y salió, triste pero no inconsolable, eso vendría en un día más, cuando su hermana ya no despertase.

 

 

Originalmente publicado en Muebles e Interiores

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