Sueños de grandeza

Se quiso comer el mundo y el mundo se lo comió a él. Como los niños pequeños que se distraen fácilmente con cualquier objeto brillante, así lo deslumbraron las fiestas, los carros, el dinero y las mujeres que lo siguen. Quiso hacer de una buena vida, una gran vida y terminó detenido a punta de pistola, con los ojos vendados mientras circulaban por las cales silenciosas de madrugada. Lo dejaron en un cuartillo, con una almohada dura y una sabana apestosa. Hallaba consuelo en pensar que él estaba pagando sus acciones y que su mamá, por ejemplo, estaba a salvo. Así pasó días de hambre, golpes y frío. Pero ninguno tan cruel como cuando le dijeron que esa noche sería libre, a ver si tenía cara para asistir al funeral de su Hermano, saldo último de su deuda.

A tres meses de encierro, le siguieron dos de exilio autoimpuesto hasta que se acordó de la única amiga a salvo de daño inmediato, por vivir suficientemente lejos de todos. Gracias a ella salió a la calle sin miedo, se río sinceramente e incluso volvió a ver a dos amigas más, en la seguridad del anonimato y las grandes distancias, un riesgo que cada quien decidió asumir. Habló por primera vez en meses, supo que su madre no le guardaba rencor y confirmó que siempre estuvo a salvo

Finalmente pudo respirar libremente, planear para una vida una tranquila. Una vida que si el mundo no lo engullía de nuevo, ya podía ser llamada una gran vida.

 

Originalmente publicado en Citas y Letras (tumblr) y Muebles e Interiores (blog)

Minicuento

Esta boda se la había imaginado infinidad de veces. Siempre en distinta fecha dada la naturaleza de la relación tantas veces reiniciada, pero siempre el mismo tipo de iglesia decorada en rosas y dorados, querubines por doquier y un altar repleto de flores rosas, lilas y azules. De esos colores también, los vestidos de las cuatro madrinas, cada quien a su estilo pero deslumbrantes todas.

La novia, bella desde la sonrisa hasta los pies. Un bonito vestido strapple, drapeado en el pecho y recto en la falda, pero con mucho tul. Zapatillas y tiara plateada. Un velo sencillo, más por efectos dramáticos a la hora de llegar al altar y ser descubierta por el novio, quien estaría con lágrimas en los ojos desde el momento en que la viese entrar a la iglesia.

Tantas veces imaginó la boda, siempre supo que no podía acertar la edad de la novia. Los detalles básicos los adivinó bien, igual que la mitad de los invitados y la emoción del novio. Nunca imaginó que la novia sería otra.

 

 

Originalmente publicado en Citas y Letras y en  Muebles e Interiores

Después

Te regalo la ironía de decirle amor a quien le dije que aquí no habría amor, amor. Amor. Amor. No te quieres dar cuenta lo que me desconcierta que me digas amor, amor. Un día me paraliza, al siguiente me prende como ninguna otra cosa. Tú me vuelves loca, contigo me pongo loca. Tenemos las ganas exactas de sentirlo todo siendo nada. Nuestro primer beso fue uno que me robaste cuando estaba distraída, preguntándote sobre un libro. Después me abrazaste y eso es lo más romántico de esta historia en la que rara vez nos besábamos, menos aun lo hacíamos con ternura. Aún puedo sentir ese beso que me extraño, por inusual, porque el par de encuentros anteriores a ese, pueden resumirse en sexo. Ese beso casi robado, sin sutileza y con mordidas, igual que el primero, igual que cada uno que nos dimos estando solteros. Te dejé besarme porque quería un nuevo último beso. Me besaste, supongo, para decirme que pronto volverías a estar soltero.

Originalmente publicado en CitasyLetras

Timing is a fucking bitch

Está viendo un desfile de payasos, toreros, religiosos, charros, marineros y pescadores dirigirse a un cementerio. Es sólo una tradición en un pueblo olvidado por dios, él es sólo un extranjero quien no entiende lo que ve, mira con fascinación algo para él nuevo, que para mi es lo más normal.

-¿Se le ofrece algo más, señor?

Fue como si hubiese olvidado que se encontraba en un restaurante a la orilla del mar, a mitad del camino a un panteón. Le toma un momento pedir otra cerveza y cuando la dejo en su mesa me pregunta sobre el desfile.

-¿Viene de muy lejos?

No me dice de dónde, me cuenta que no se lo imaginaba así. Que vino buscando a una amiga, quien siempre le contaba historias de este lugar. Me dice que muchas veces quiso venir con ella, vivir esas historias, pero, durante esos mismos años, siempre buscó excusas para no entregarse a las ganas de arrancarle las ropas, abrirle las piernas y clavarle su hombría hasta que la lujuria los consumiera a ambos en un fuego que seguiría brindando calor durante años.

Por supuesto que no lo dijo así. Si hubiera podido expresarlo, no se hubiese quedado con las ganas. Pero que él siempre supo lo mucho que ella lo quería, tal vez incluso lo amaba. Hace tiempo ella le preguntó si sentía algo, si actuaría y pronto por que ya no podía seguir dejando la vida pasar por la promesa cada vez más ligera y carente de sentido, de que tal vez un día él por fin la querría lo suficiente para arriesgarse por ella. Esperaba su palabra, su mano estirará invitando a comenzar a caminar lado a lado, olvidando así los momentos amargos, incluido el saber que la cortejó por la emoción de sentirse deseado y ese primer pequeño gran desastre que casi mata la amistad.

Tomó tiempo, me cuenta, pero pudieron volver a ser amigos y luego, justo cuando ella por fin se sentía de nuevo cómoda en la relación de amigos, él le dijo que la quería. Se lo dijo cuando se despedía de ella para irse a vivir a otra ciudad, cercana pero lejana para una relación que estaría empezando. Por eso, dijo él, me repite a mí casi treinta años después, era mejor no ser.

Así se fueron los años, variaciones leves de la misma dinámica de estar juntos pero sin ser, siempre más un  juego que una resolución definitiva, hasta llegar a ese momento. Todo eso le recordó ella y no volvieron a hablar por años. Aunque al saber que la viene buscando, me es obvio que no respondió nada que importase, me cuenta como se quedó diciendo cuanto lo sentía mientras ella se alejaba. Se quedó pensando en eso cuando ella preparaba maletas, tomaba un taxi hacia la estación del tren que la llevaría a un destino sin él.

Esa parte él la sabe por amigos, mas no sabe lo que ella lloró, cuánto lo extrañó, la larga lista de amantes en un intento por dejarlo atrás. No se imagina eso, no se imagina que me yo ya sabía la historia, que mi tía me la contó muchas veces en los años desde que volvió al único lugar donde él podía ir a buscarla, aunque no supiera con certeza que ahí estaría.

Ni se imagina que esa mujer, mi adorada tía, murió días antes del desfile, todavía esperando que él se arriesgara. No se lo conté, le dije que sentía mucho oír su historia, que me gustaría ayudarle pero me era imposible; todo eso era cierto. Le deseé suerte en su travesía, le di algunas pistas falsas, desconocí a mi tía porque sus años de espera no merecían un final tan simple como lo sería él derramando lagrimas vacías en un bar. Le di esperanza de poder encontrarla, de poder reconquistarla, para tener certeza que le dolerá el golpe, que le dolerá saber que no gana quien no arriesga.

[“él y yo sólo sabemos amarnos en el mar”]

Originalmente publicado en Muebles e Interiores