Está viendo un desfile de payasos, toreros, religiosos, charros, marineros y pescadores dirigirse a un cementerio. Es sólo una tradición en un pueblo olvidado por dios, él es sólo un extranjero quien no entiende lo que ve, mira con fascinación algo para él nuevo, que para mi es lo más normal.

-¿Se le ofrece algo más, señor?

Fue como si hubiese olvidado que se encontraba en un restaurante a la orilla del mar, a mitad del camino a un panteón. Le toma un momento pedir otra cerveza y cuando la dejo en su mesa me pregunta sobre el desfile.

-¿Viene de muy lejos?

No me dice de dónde, me cuenta que no se lo imaginaba así. Que vino buscando a una amiga, quien siempre le contaba historias de este lugar. Me dice que muchas veces quiso venir con ella, vivir esas historias, pero, durante esos mismos años, siempre buscó excusas para no entregarse a las ganas de arrancarle las ropas, abrirle las piernas y clavarle su hombría hasta que la lujuria los consumiera a ambos en un fuego que seguiría brindando calor durante años.

Por supuesto que no lo dijo así. Si hubiera podido expresarlo, no se hubiese quedado con las ganas. Pero que él siempre supo lo mucho que ella lo quería, tal vez incluso lo amaba. Hace tiempo ella le preguntó si sentía algo, si actuaría y pronto por que ya no podía seguir dejando la vida pasar por la promesa cada vez más ligera y carente de sentido, de que tal vez un día él por fin la querría lo suficiente para arriesgarse por ella. Esperaba su palabra, su mano estirará invitando a comenzar a caminar lado a lado, olvidando así los momentos amargos, incluido el saber que la cortejó por la emoción de sentirse deseado y ese primer pequeño gran desastre que casi mata la amistad.

Tomó tiempo, me cuenta, pero pudieron volver a ser amigos y luego, justo cuando ella por fin se sentía de nuevo cómoda en la relación de amigos, él le dijo que la quería. Se lo dijo cuando se despedía de ella para irse a vivir a otra ciudad, cercana pero lejana para una relación que estaría empezando. Por eso, dijo él, me repite a mí casi treinta años después, era mejor no ser.

Así se fueron los años, variaciones leves de la misma dinámica de estar juntos pero sin ser, siempre más un  juego que una resolución definitiva, hasta llegar a ese momento. Todo eso le recordó ella y no volvieron a hablar por años. Aunque al saber que la viene buscando, me es obvio que no respondió nada que importase, me cuenta como se quedó diciendo cuanto lo sentía mientras ella se alejaba. Se quedó pensando en eso cuando ella preparaba maletas, tomaba un taxi hacia la estación del tren que la llevaría a un destino sin él.

Esa parte él la sabe por amigos, mas no sabe lo que ella lloró, cuánto lo extrañó, la larga lista de amantes en un intento por dejarlo atrás. No se imagina eso, no se imagina que me yo ya sabía la historia, que mi tía me la contó muchas veces en los años desde que volvió al único lugar donde él podía ir a buscarla, aunque no supiera con certeza que ahí estaría.

Ni se imagina que esa mujer, mi adorada tía, murió días antes del desfile, todavía esperando que él se arriesgara. No se lo conté, le dije que sentía mucho oír su historia, que me gustaría ayudarle pero me era imposible; todo eso era cierto. Le deseé suerte en su travesía, le di algunas pistas falsas, desconocí a mi tía porque sus años de espera no merecían un final tan simple como lo sería él derramando lagrimas vacías en un bar. Le di esperanza de poder encontrarla, de poder reconquistarla, para tener certeza que le dolerá el golpe, que le dolerá saber que no gana quien no arriesga.

[“él y yo sólo sabemos amarnos en el mar”]

Originalmente publicado en Muebles e Interiores

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