Esta boda se la había imaginado infinidad de veces. Siempre en distinta fecha dada la naturaleza de la relación tantas veces reiniciada, pero siempre el mismo tipo de iglesia decorada en rosas y dorados, querubines por doquier y un altar repleto de flores rosas, lilas y azules. De esos colores también, los vestidos de las cuatro madrinas, cada quien a su estilo pero deslumbrantes todas.

La novia, bella desde la sonrisa hasta los pies. Un bonito vestido strapple, drapeado en el pecho y recto en la falda, pero con mucho tul. Zapatillas y tiara plateada. Un velo sencillo, más por efectos dramáticos a la hora de llegar al altar y ser descubierta por el novio, quien estaría con lágrimas en los ojos desde el momento en que la viese entrar a la iglesia.

Tantas veces imaginó la boda, siempre supo que no podía acertar la edad de la novia. Los detalles básicos los adivinó bien, igual que la mitad de los invitados y la emoción del novio. Nunca imaginó que la novia sería otra.

 

 

Originalmente publicado en Citas y Letras y en  Muebles e Interiores

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