Invariabilidad

“Sólo estaba paseando a la perra.” No era su perra, un amigo había salido de viaje por trabajo y le pidió el favor de cuidarla. Le dijo que no tenía que sacarla a diario, bastaría con dejarle agua y comida al alcance, y dejarla estar en el patio. Pero ella se sentía mal por dejarla tanto tiempo sola, así que casi a diario volvía del trabajo, comía algo, descansaba un poco, se cambiaba de ropa por algo más cómodo, y salían a dar un paseo. Ella lo disfrutaba y parecía que también lo hacía Laika.”No era rusa pero se llamaba Laika. No, se llama. Aún la escucho ladrar.”  

Era agradable, era un paseo, era diario, era rutina. La rutina no es mala, aunque muchos le teman; muchos otros se aferran a ella por ser lo único confiable en sus vidas. Uno puede incluso olvidar la posibilidad de eventos que lo cambian todo, y no es extraño que mientras paseas a tu perro, alguien se acerque a decirte lo bonito que es, a preguntarte su nombre, o a cualquier cosa. Al menos ella no estaba pensando “Mientras él me cuestiona en un parque semi-vacio y mal iluminado, su cómplice llegará por detrás, pondrá una pistola contra mi espalda y ambos dirán que mi suerte se acabó.” Hace horas se le acabaron los horarios, ahora hay golpes, gritos, amenazas y lagrimas incontenibles en sus ojos. Se acabó la seguridad y el confort de la rutina.

A veces.

A veces hay ganas de follar.
Hay ganas del juego inofensivo aunque no inocente.
Hay ganas de palabras llenas de deseo, un me gustas, te quiero, me encanta, me fascinas… Palabras que se las lleva el viento y no importa.
A veces hay ganas de follar, pero eso no da ganas de jugar.
Hay ganas de algo real, tan tangible e intenso como los sentimientos pueden serlo.
Hay ganas de no decir promesas.
Hay ganas de viajar en el tiempo, advertir las consecuencias de aquel juego no inocente pero sí, en teoría, inofensivo.

Originalmente publicado en Citas y Letras