Te perdono por no saber de dualidades, pero intentarlo. Te perdono por no saber estar ni allá, ni aquí. Te perdono por dejarme de lado, esperando como si sólo te fueses a ir los días de la semana, cuatro y medio para pasar dos y medio aquí pretendiendo que eso es equitativo. Te perdono porque sé que quien no quiere quedar mal con dos, no queda bien con nadie. Te perdono por compararme con ella, y con ella, y con aquella también. Te perdono por verlas más altas, más flacas, más bonitas, ojonas, tetonas, piernudas, nalgonas, peinadas, inteligentes, amables, caritativas, objetivas, ilustradas, despiertas, y tantos adjetivos que ya ni tú ni yo recordamos. Te perdono por la inercia. Te perdono por querer ser algo, sólo algo, y huirle en el momento decisivo. Te perdono por ya no saber. Te perdono por no recordar los sueños de la infancia. Te perdono por el momento cuando consideraste el ser adulto. Te perdono por enojarte conmigo, por tenerme en el suelo escuchando tus ataques y tus gritos. Te perdono por la saliva en mi pecho, los golpes contra la pared, y los rasguños en costillas y caderas. Te perdono por no entender, por malinterpretar, porque después de esto seguirás sin conseguir equilibrio, es imposible. Te perdono por lo que falta para que dejes de buscarme defectos basados en las cualidades de personas ajenas. Te perdono y perdono a quien lee y crea que esto va para alguien ajeno al espejo.

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