Terminé de leer La náusea (Jean-Paul Sartre) y debo decir,esto dista mucho de ser una reseña, o un escrito sobre existencialismo. Esos conceptos entraron a bailar con otros que ya habitaban mi cabeza, a explicarme por qué durante tanto tiempo pensé que este libro sería difícil de entender. Lo fue, pero no de la manera que hubiese sido tiempo antes.

Terminé de leer La náusea (Jean-Paul Sartre) y debo decir, mi personaje favorito es Anny. Me identifiqué, para que se entienda, y no me interesa saber si eso es bueno, malo, o si les dice algo; yo sé qué me significa. Momentos perfectos y situaciones privilegiadas, expectativa y realidad, vivir, sobrevivirse. Una vez alguien me dijo que sobrevivir, no es vivir.

¿Es siquiera posible pensar en alguien metido en el pasado? Mientras nos amamos, no permitimos que el más ínfimo de nuestros instantes, el más leve de nuestros pesares se desprendiera de nosotros y quedara rezagado.

La pasión se va y uno lo sabe, así como se sabe que podría no volver a aparecer, o no durante un tiempo. Sabe que de volver a encontrarse al borde de un precipicio, le va a dar miedo el salto. No como la primera vez, con esa adrenalina e ilusión de lo desconocido, ahora es algo que ya hemos vivimos, que sabemos puede terminar así o asado.

Recuerdo haber estado en ese barranco una vez más, llena de miedo haciendo todo lo posible para que el otro dijera “Mejor ya no” y poder dar la vuelta sin reconocerme cobarde.  Desde la primer mención de Anny, se volvió mi personaje favorito. Eso recuerdo, pero soy consciente de que los recuerdos no siempre son fiables. No lo digo sólo por repetir la idea de Sartre, ya sabía que esperar una persona/salvavidas es malo, que un espejo es una trampa, y que mirar largo rato los objetos no es bueno.  Pasa que, no se puede confiar en algo tan maleable como un recuerdo. Es posible que en aquel barranco yo haya dicho “Mejor ya no” y la otra persona exhalara de alivio al saberse libre de cobardía.

Nos lo llevábamos todo, y todo permanecía vivo, los olores, los matices del día, los mismos pensamientos que no nos habíamos dicho; no cesábamos de gozarlos y padecerlos en el presente. …
Por eso nos separamos, no teníamos fuerzas para soportar la carga.

Pero qué carga ser la Anny de Antoine. O el Antoine de Anny. Qué pesado saber que alguien respira esperando lo salves, lo guies, camines a su lado y estés incluso cuando no. Qué confuso ese momento [de realidad] cuando no interpretas bien [la expectativa de] tu papel y no te explican porque saben que no quieres entender de momentos perfectos, quieres saber qué hiciste mal.

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