Sarah.

Empezó a llover en el momento en que ella empezó a llorar, que también fue el mismo momento en que él salió de la ciudad con plan de nunca regresar. La lluvia siguió por tres días, con casi incontables perdidas materiales, algunos animales arrastrados por la corriente, y algunos animales humanos arrastrados por la tontería o imprudencia. Ella no lloró tres días, y él sí se acordó de ella al escuchar la noticia. Su prometida le preguntó si conocía el lugar y él dijo que había estado ahí alguna vez, nada importante dijo. Al cuarto día todo era calma. A los treinta días ya casi nadie se acordaba de ayudar a los que habían perdido con las lluvias. Ella todavía ayudaba a algunas personas, pero es que ella no tenía mucho más que hacer y sí contaba con los recursos. Cuando le agradecían y decían que se merecía una buena vida por tanto buen karma, ella se imaginaba volver a verlo algún día, en un café o un bar, cada uno cargando su baúl de recuerdos compartidos, cada quien dispuesto a juntarlos de nuevo. Sabía que no era posible, lo sabía todo, pero la razón no debería detener a la imaginación. En casa de ella todo era silencio desde aquel primer día de lluvia. No había televisión, ni música, ni compañero de sentimientos, ni vida.

Soledades concurridas. 

Un hombre construye un faro en una isla desierta. Un hombre utiliza su teléfono inteligente para investigar cómo construir un faro en una isla desierta que nadie quiere visitar. Navega en privado, aunque la única que pudiese ver su historial ya sabe lo que está buscando, aunque no entienda por qué. 

-Deberías prestarme tu teléfono, es algo que tú buscarias.

-Pero mi isla no necesita un faro, ni es isla. 

Sigue cada quien en lo suyo, él buscando instrucciones y ella buscando el mar. Ninguno dice algo por una hora, aproximadamente. Él ya esta haciendo cálculos, ella tiene más dudas ahora.  -No son cuatro años de isla desierta. 

-Sí son. 

-Primero, porque yo estoy aquí. -Debería haber respuesta a eso, pero el hombre sólo dice “Es que eres la favorita” y eso, a ella, no le explica nada. -Luego, aquí también llegó una flor. 

Levanta la vista del papel para verla bien, para que vea bien su gesto de -¿La vez por aquí? Y es una planta, no una flor. 

Le contesta el gesto lo mejor que puede -Tiene flores. Y estuvo aquí. Más tiempo que yo. De hecho, -y es verdad- me echaste de aquí cuando llegó ella. 

-Bueno pero… 

-Nada. No son cuatro años de isla desierta. 

Otra vez reina el silencio, él a sus cálculos, a buscar el mejor lugar para el faro y a ignorar a su favorita. “La favorita”  mientras mete los pies en el agua, da brinquitos deseando olas, revisa el reloj por si es hora de irse a casa y empieza a meter sus cosas en su mochila. 

-¿Te vas? 

-Por tu culpa ya pienso que también yo tengo una isla. No es isla. 

-Y dices que soy yo el que no contesta nunca. 

-Se hace de noche, y creo que alguien quiere llegar a mi isla. 

-Y te enojas si “te echo” porque llega alguien.

-Sí pues, somos igualitos ¿no te Jode? -Pero se están riendo. A veces aun se ríen. -¿Ahí va tu faro? 

-Ahí. 

-Bueno. -Lo que en verdad quiere decir es que ni siquiera está sobre la muralla que rodea la isla, y luego tampoco está cerca de la pequeña puerta que da el paso; esa que difícilmente se ve cuando estás frente a ella, que está en el agua y a diez metros de la costa.  Tampoco dice que sería más fácil quitar el muro, que poner un faro.